jueves, 26 de febrero de 2015

Microrrelato de ciudad

A las tres de la mañana de otro viernes cualquiera, la lluvia empapa las calles. Ambos miran su móvil buscando algún tema de conversación que rescatar entre sus whatsapp. La ciudad parecía otra a la que quisieron venir, se ha vuelto más oscura, más solitaria, incluso tenebrosa...Los coches les deslumbran con sus faros al banco donde están sentados. Ni una palabra. Ni siquiera se atreven a cruzar una mirada. Dicen que, cuando las palabras ya no salen de la boca, el corazón ya no tiene nada que decir. Quizás sus corazones se han empañado al igual que el cristal de la parada de autobús a su lado. El amor es ciego, pero más aun cuando la ceguera va más allá de la vista.

-Me perdí del grupo, pero no he conseguido localizarle- musita Miguel entre labios intentando aguantar las lágrimas y de reprimir tantas palabras que no es capaz de decir desde hace mucho.

-No pasa nada, mañana ya hablas con ellos- suspira Laura, no le dirige sus cansados ojos azules para evitar soltar lo que pasa por su cabeza, más aún con la cantidad de ginebra que corría por sus venas.

Laura se levanta del viejo banco del paseo. Se detiene. Se gira y busca con la mirada al que, al fin y al cabo es su cómplice de cada aventura. Así lo decidieron ante un altar hace ya año y medio. Detrás estaba él, Miguel, con lágrimas en los ojos. No se lo perdona, ella tampoco. Quién juega con fuego se acaba quemando y él se quemó lo suficiente con la llama de la infidelidad una vez. A punto de caer otra vez.


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