lunes, 16 de febrero de 2015

Ser o no ser

Rara vez nos paramos a pensar en qué somos en realidad. Según los científicos el 50% somos agua y un porcentaje cercano al 80% de oxígeno. Somos lo que respiramos, somos lo que bebemos. Igual que un espejo, reflejamos lo que asimilamos. Como dice el refranero popular, el rostro es el reflejo del alma. Sin embargo, al mirarnos al espejo, vemos a un gran desconocido. Esa mirada que, a pesar de ver cada día, no acabamos de entender. ¿Cómo pretendemos entender a los demás si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos? Ese es el dilema que tendría Hamlet al cuestionarse el reconocido ''ser o no ser''. La razón implícita de esto era Ofelia. El amor.

No nos llegamos a conocer a nosotros mismos porque el ser humano, por naturaleza, está más pendiente de encontrar a los demás, de transformarse a si mismo para concebir un ser superior que pretende satisfacer a ese otro ente desconocido para si mismo. Ese es el círculo vicioso de eso que llamamos amor. La dependencia total y absoluta y el abandono de lo mismo. El desalojo de todo pronombre reflexivo por un nombre colectivo, una primera persona del plural. Un ''yo'' por un ''nosotros''. Un ''me quiero'' por un ''te quiero''.

Quizás todas esas personas que nos califican como solo agua están equivocadas. Ese agua se enturbia o se limpia en función de quién te acompañe en el camino. Dime con quién andas y te diré quién eres. No es una virtud ni un defecto. La dificultad recae en saber elegir, en tener criterio para elegir esa piedra que tropezamos en el camino, no dar de largas a quién nos tiende la mano y saber quién esconde el más afilado de los cuchillos detrás de una bonita sonrisa. Al fin y al cabo, todo jugador debe saber jugar sus cartas y las cartas del hombre son sus debilidades.

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