jueves, 26 de febrero de 2015

Microrrelato de ciudad

A las tres de la mañana de otro viernes cualquiera, la lluvia empapa las calles. Ambos miran su móvil buscando algún tema de conversación que rescatar entre sus whatsapp. La ciudad parecía otra a la que quisieron venir, se ha vuelto más oscura, más solitaria, incluso tenebrosa...Los coches les deslumbran con sus faros al banco donde están sentados. Ni una palabra. Ni siquiera se atreven a cruzar una mirada. Dicen que, cuando las palabras ya no salen de la boca, el corazón ya no tiene nada que decir. Quizás sus corazones se han empañado al igual que el cristal de la parada de autobús a su lado. El amor es ciego, pero más aun cuando la ceguera va más allá de la vista.

-Me perdí del grupo, pero no he conseguido localizarle- musita Miguel entre labios intentando aguantar las lágrimas y de reprimir tantas palabras que no es capaz de decir desde hace mucho.

-No pasa nada, mañana ya hablas con ellos- suspira Laura, no le dirige sus cansados ojos azules para evitar soltar lo que pasa por su cabeza, más aún con la cantidad de ginebra que corría por sus venas.

Laura se levanta del viejo banco del paseo. Se detiene. Se gira y busca con la mirada al que, al fin y al cabo es su cómplice de cada aventura. Así lo decidieron ante un altar hace ya año y medio. Detrás estaba él, Miguel, con lágrimas en los ojos. No se lo perdona, ella tampoco. Quién juega con fuego se acaba quemando y él se quemó lo suficiente con la llama de la infidelidad una vez. A punto de caer otra vez.


martes, 24 de febrero de 2015

La vida es sueño

Doce de la noche. Ella se levanta sobresaltada de la cama, no sabe qué hacer. Mira el teléfono, espera una llamada, un mensaje, algo que le haga tomar aire y descansar. Bendito descanso, Cuántas noches de insomnio llevará por eso. Sueños entrecortados, pesadillas que se confunden con la realidad, quizás eso es lo que espera: que la fantasía se convierta en realidad. Las ensoñaciones en la fase REM no son más que eso: fantasía.

Cuando se levanta, día tras día durante sus dos décadas de vida, le han repetido: persigue tu sueño, se hacen realidad. Sin embargo, cuando deja las frías sábanas, todo es igual. Ella, lucha por estudiar, salir adelante, acabar su carrera, encontrar empleo y vivir con un príncipe (comer perdices o hamburguesas del McDonald's va a gusto del consumidor). Ese noble acompañante. Eso, también es un sueño. Buscando esa realidad topa con miles de sapos, bueno, más que sapos, aves carroñeras que son capaces de aprovecharse de su inocencia, hasta de su corazón. La tasa de empleo entre los jóvenes crece cada día más y ni hablar de las posibilidades de emancipación.

Ni una Cenicienta moderna que a las doce de la noche tenga que volver de la discoteca de moda para que su madrastra no la castigue sin móvil. Ni una Blancanieves a la que emborrachan y asaltan unos cuantos enanitos bastante pasados. Nada de eso. Ella, a las doce de la noche, espera día a día que todo cambie. Ella, con alcohol pretende hacer sus sueños realidad sin dejar de tocar los pies con el suelo. Ella, solo mira atrás para coger equilibrio. Los cuentos no existen, los sueños tampoco, pero la esperanza es nuestra mejor compañera.


lunes, 16 de febrero de 2015

Pasión y locura




El amor es locura. Locura y confianza. Confianza y pasión. A tu lado, toda locura es pasión, toda pasión es confianza. Cualquier beso desnudo, nos viste y nos desviste en una sola mirada. Miradas que congelan, miradas que encienden, miradas que, bueno, miradas que hablan más que las palabras. Y sonrisas, ¿Qué decir de las sonrisas? Sonríeme que note tu amor, sonríe con calor y ríe con pasión. Te quiero con son y con risa. Te amo a más con el tiempo. Y el tiempo, todo, locura.

Ser o no ser

Rara vez nos paramos a pensar en qué somos en realidad. Según los científicos el 50% somos agua y un porcentaje cercano al 80% de oxígeno. Somos lo que respiramos, somos lo que bebemos. Igual que un espejo, reflejamos lo que asimilamos. Como dice el refranero popular, el rostro es el reflejo del alma. Sin embargo, al mirarnos al espejo, vemos a un gran desconocido. Esa mirada que, a pesar de ver cada día, no acabamos de entender. ¿Cómo pretendemos entender a los demás si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos? Ese es el dilema que tendría Hamlet al cuestionarse el reconocido ''ser o no ser''. La razón implícita de esto era Ofelia. El amor.

No nos llegamos a conocer a nosotros mismos porque el ser humano, por naturaleza, está más pendiente de encontrar a los demás, de transformarse a si mismo para concebir un ser superior que pretende satisfacer a ese otro ente desconocido para si mismo. Ese es el círculo vicioso de eso que llamamos amor. La dependencia total y absoluta y el abandono de lo mismo. El desalojo de todo pronombre reflexivo por un nombre colectivo, una primera persona del plural. Un ''yo'' por un ''nosotros''. Un ''me quiero'' por un ''te quiero''.

Quizás todas esas personas que nos califican como solo agua están equivocadas. Ese agua se enturbia o se limpia en función de quién te acompañe en el camino. Dime con quién andas y te diré quién eres. No es una virtud ni un defecto. La dificultad recae en saber elegir, en tener criterio para elegir esa piedra que tropezamos en el camino, no dar de largas a quién nos tiende la mano y saber quién esconde el más afilado de los cuchillos detrás de una bonita sonrisa. Al fin y al cabo, todo jugador debe saber jugar sus cartas y las cartas del hombre son sus debilidades.